Diosas del Management (III): Afrodita

Después de visitar a Atenea en nuestra anterior entrega de esta serie, hoy vamos a encontrarnos con una diosa bastante diferente. Porque Afrodita es, nada menos, la diosa de la belleza, del amor y del deseo.

Podríamos pensar que sus enseñanzas tienen poco que aportar al mundo de las organizaciones. Al fin y al cabo, ¿qué tiene que ver la diosa de la belleza con las decisiones de inversión, la innovación o el liderazgo?

Mucho más de lo que parece. Woody Allen tituló Poderosa Afrodita una de sus películas, protagonizada por Mira Sorvino (que obtuvo un Óscar por su interpretación). En ella recuperaba un recurso del teatro clásico: un coro griego que comenta las peripecias de unos personajes contemporáneos, empeñados en ordenar racionalmente unas vidas que se dejan gobernar por sus emociones.

El título encierra una intuición que los griegos comprendían muy bien: podemos creer que dirigimos nuestras vidas con la razón, pero el deseo tiene un poder extraordinario sobre nuestras decisiones. Una de las historias más famosas de la mitología griega nos lo recuerda. Todo comenzó con una boda a la que no habían invitado a Eris, la diosa de la discordia. Ofendida, apareció en la celebración y arrojó una manzana de oro con una inscripción: «Para la más bella».

Tres diosas reclamaron inmediatamente el premio: Hera, Atenea y Afrodita. Para resolver la disputa, Zeus encargó al joven Paris, príncipe de Troya, que eligiera a la vencedora. Las tres diosas intentaron convencerlo ofreciéndole recompensas diferentes. Hera le prometió poder y dominio. Atenea, sabiduría y victoria. Pero ganó Afrodita, con una oferta invencible: el amor de Helena, la mortal cuya belleza rivalizaba con la de las mismas diosas.

Los mitos griegos no son tratados de dirección empresarial, pero contienen intuiciones extraordinarias sobre la naturaleza humana. El juicio de Paris nos recuerda que nuestras decisiones no son el resultado exclusivo de un cálculo racional. El poder, la sabiduría y el deseo compiten permanentemente por orientar nuestras elecciones pero, con mucha frecuencia, es el deseo quien termina inclinando la balanza (los que se dedican al mundo de la publicidad, lo saben bien…)

Y no afecta solo a los clientes. Algunas empresas nacen del deseo de ganar dinero, pero otras muchas nacen de pasiones bien distintas (otro día os contaré una de mis historias empresariales favoritas, la de Yvon Chouinard, el fundador de Patagonia y un enamorado de las montañas como yo…). Y es que, para crear, es imprescindible la pasión.

Afrodita tiene también otra historia que merece la pena recordar, especialmente las personas que nos dedicamos a la educación o a la dirección de personas.

Pigmalión era un escultor de Chipre que, decepcionado con las mujeres de su entorno, decidió esculpir en marfil la figura de una mujer ideal. Trabajó con tanto cuidado, con tanta dedicación, que terminó enamorándose de su propia creación. La trataba como si estuviera viva, le ofrecía regalos y soñaba con que algún día pudiera corresponder a sus sentimientos.

Durante una festividad dedicada a Afrodita, Pigmalión pidió a la diosa que le concediera una esposa semejante a su estatua. Afrodita comprendió su verdadero deseo y decidió concedérselo. Cuando el escultor regresó a su casa y besó la figura, descubrió que el marfil comenzaba a ablandarse bajo sus manos. La estatua había cobrado vida.

Muchos siglos después, esta historia daría nombre a un fenómeno estudiado y comprobado científicamente en psicología y en educación: el efecto Pigmalión.

Las expectativas que depositamos en otras personas pueden influir en su comportamiento y en sus resultados. Cuando un profesor confía en las capacidades de sus estudiantes, esa confianza puede contribuir a mejorar su aprendizaje. Cuando un directivo cree sinceramente en el potencial de las personas de su equipo, puede favorecer que desarrollen capacidades que hasta entonces permanecían ocultas.

No se trata de magia (aunque me gusta pensar que Afrodita sigue concediendo deseos, siglos después). Las expectativas se traducen en comportamientos: dedicamos más atención, ofrecemos oportunidades, transmitimos confianza, proporcionamos mejores herramientas y acompañamos con mayor paciencia a quienes creemos capaces de progresar. Y esas conductas pueden contribuir a que nuestras expectativas terminen cumpliéndose.

Naturalmente, también sucede lo contrario. Cuando consideramos que alguien carece de talento, podemos terminar negándole precisamente las oportunidades que necesitaría para desarrollarlo.

Si en nuestra anterior entrega, Atenea nos enseñó el valor de la prudencia y la importancia de ayudar a otros a afrontar sus propios desafíos, Afrodita nos deja hoy también dos enseñanzas diferentes y complementarias.

La primera es que no debemos subestimar el poder del deseo. La pasión es uno de los grandes motores de la iniciativa humana, y está detrás de muchas decisiones, de muchas aventuras empresariales.

La segunda es que nuestra mirada sobre los demás importa. Las expectativas pueden convertirse en una fuerza que impulsa el desarrollo de las personas, o en una barrera invisible que limita sus posibilidades.

Quizá por eso Afrodita era una diosa tan poderosa. Porque sabía algo que a veces olvidamos cuando hablamos de estrategia, de organizaciones y de management: que las empresas no están hechas solamente de recursos, procesos y números. Están hechas, sobre todo, de personas. Y las personas utilizamos la razón para elegir el camino, pero son siempre los deseos los que nos ponen en movimiento.

Artículo originalmente publicado en la sección Talento&Negocios en El Correo con fecha 19/10/2026.

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